Inhalando Líneas

¿Es que hay una poesía que no fuera performática?

Las teorías de los actos del habla es una de las más notorias de las aportaciones de J. L. Austin, en su obra cómo hacer cosas con las palabras, nos muestra la idea de que el lenguaje no es solamente para describir el mundo, sino que, con él se realizan ciertas acciones y no solamente la del “decir algo”. La unidad primordial de la comunicación no son solo palabras o locuciones, sino, los actos del habla. Dicho esto, cuando utilizamos el lenguaje, podemos transmitir una información, por ejemplo, hoy es 11 de diciembre, podemos pedir algo: pásame la sal; podemos aconsejar: tienes que tener más cuidado; entre otras. En todos estos casos llevamos a cabo actos del habla, es decir, hacemos cosas con las palabras.

Austin plantea una distinción entre emisiones realizativas y constatativas. Las constatativas son aquellas que describen al mundo o un estado de las cosas, se pueden evaluar como verdaderas o falsas; las realizativas, llevan a cabo las acciones al ser emitidas, no son ni verdaderas ni falsas.  Con esto, Austin se deslinda de los filósofos y lingüistas que han supuesto que el papel de un “enunciado” sólo puede ser “describir” algún estado de cosas, o “enunciar algún hecho” con verdad o falsedad; de tal manera que defiende: “No todos los enunciados verdaderos o falsos son descriptivos”. Austin señalaba que, antes que describir o constatar la verdad o falsedad de los acontecimientos, la finalidad de los enunciados performativos es la de producir una transformación de lo que nos es dado o de crear una nueva condición de la realidad.

Al hablar de poesía performática, es preciso tener claro el concepto de performance y su vínculo con la poesía, donde se refiere a la puesta de la voz del poeta en la que pierde su estabilidad de palabra escrita, para llevarla a la acción desde la intensidad de la voz, el ritmo, las pausas, la entonación, el énfasis, entre otras experiencias sensoriales como la materialidad del lenguaje, a través de la repetición. Aquí se valida pensar en la poesía oral, en donde el lenguaje se encarna en la voz del creador del texto –en muchos casos–, esto lo vuelve performático ya que es único en la acción de espacio y tiempo. Entre lo que Austin destaca se halla el hecho de que los participantes en el juego del lenguaje estén de acuerdo en jugar, y que la persona que pronuncia un enunciado performativo tenga el poder de hacerlo.

Al tratar en el inicio de la primera conferencia sobre lo que deseaba comunicar, Austin explica lo siguiente:

El fenómeno que examinaré es muy difundido y muy obvio, y sería imposible que otros no lo hubieran advertido, al menos ocasionalmente. Sin embargo, no he visto que se le preste atención de manera específica[1].

Es decir, el asunto que iba a tratar en sus conferencias no era desconocido, era, más bien, divulgado; pero que no se le había prestado la debida atención como demandaba, y es lo que Austin deseaba hacer por medio de las conferencias.

Los propios términos del título de la obra de Austin son por sí significativos, Cómo hacer cosas con palabras, es decir: palabras y acciones, ya que expresan la idea de que la inquietud fundamental de Austin en sus conferencias no era conocer el sentido de las palabras o actos de habla, ni tampoco, cómo es la forma o la estructura lingüística, si no que nos plantea otras preguntas: ¿cuál es la relación entre las palabras y las acciones?, o ¿cuándo decir algo es hacer algo? Con esto lo que nos muestra Austin es que su finalidad no era el análisis sobre la verdad o falsedad del acto, sino la caracterización lingüística y lo eficaz que puede ser. Al emitirse un enunciado se realiza una acción, es decir, las palabras no solo tienen la función de representar la realidad, sino que tiene efectos en el accionar humano.

Aquí la palabra juega un papel importante porque se considera a la escritura no como la portadora de significados, es decir, la escritura es un pensamiento y un sinnúmero de preguntas que se deslizan por las páginas y quedan permanentes, por ejemplo, ¿qué es lo que en realidad hacemos con el lenguaje? El lenguaje ¿puede crear hechos o condicionar acciones? El lenguaje tiene relación con la creación del mundo social, de igual forma, el lenguaje lo usamos para representar como para prescribir, proyectar, influir, manipular, establecer, entre otras.

Es importante señalar que, las políticas, las promesas, los imperativos, las amenazas, que no están regidos por la dicotomía entre verdadero – falso, están regidos por lo que realizan, por lo que efectúan y como una acción determinada; además, se miden por su efectividad, desde normas, políticas, prescripciones, creando patrones de acción a través de la aprobación y subordinación de ciertos valores y normas.

Se considera que lo performativo tiene estrecha relación con las artes escénicas, ya que se vincula al uso del cuerpo, de la voz, la proyección de los movimientos y por las acciones puestas en escena, pero para Austin lo performativo no es solamente algo que se desarrolla con el cuerpo, para él, los actos performativos son parte del sujeto.

Como los enunciados performativos crean, esas creaciones toman forma en el sujeto, ya que, como seres lingüísticos, nos es imposible escapar al poder performativo que tiene el lenguaje. Butler se pregunta “¿podría injuriarnos el lenguaje si no fuéramos, en algún sentido, seres lingüísticos, seres que requieren del lenguaje para vivir?”[2],  y esencialmente porque somos seres lingüísticos, todo lo que juegue un papel en el plano del lenguaje, ya sea por la poesía o por medio de actos del habla, necesariamente acabará liberando una reacción en el cuerpo de los sujetos y esta idea de performatividad del lenguaje se podría aplicar al género según Butler, ya que el género, lejos de ser una condición de identidad fija del sujeto es una construcción que cambia a medida que se va realizando.

La postura que toma Butler en cuanto a que el lenguaje es también productor de subjetividades no muestra solamente el potencial productor del lenguaje, sino que también la posibilidad de encarnar en el cuerpo aquello que produce. En una entrevista en la revista Caravelle, Severo Sarduy confesaba que:

 Yo no pretendo transmitir consignas ni dar órdenes o consejos, ni establecer una moral, ni ir en contra o favor de algo. Quizás solamente sugerirle al lector que piense por sí mismo, pero ya eso es otra cosa. En realidad, al escribir, trato de lograr de modo inmediato un placer, y mi intención no es contarle historias al lector, sino sumergirlo en una atmósfera de placer. Envolverlo con sensaciones táctiles, con olores, con colores, con sonidos. Intento crear una especie de cámara blanca llena de orquídeas, donde el lector encuentre un placer, un placer similar al erótico. Para lograrlo hago intervenir mi cuerpo en el acto de escritura, me muevo, camino, bailo, oigo música. Mi escritura es muscular, somática, enteramente física.[3]

Sarduy comentaba este fragmento donde muestra el verdadero sentir del escritor que a simple vista parece incuestionable: el escritor, cuando escribe lo hace poniendo toda la producción del yo a través del conocimiento de su propio cuerpo y pensamiento. Al escribir nos producimos.

Para Sarduy, el texto es la última intención de la escritura más allá de que para producirlo, el autor haya puesto en movimiento su propio cuerpo. Esto mismo sucede con los poetas que terminan su proceso de escritura y empiezan a trabajar y retrabajar en el mismo texto, e incluso en la interpretación de él, esto ayuda a que la poesía vaya a un plano extratextual.

La poesía performática, no es igual a aquella poesía que ha sido creada exclusivamente como texto, ya que la poesía crea al sujeto y los recursos retóricos propios del poema escrito, se activan, se tornan más directos, es por ello que la palabra no precisa ya ser trabajada porque ha dejado de ser el único elemento que actúa en el poema.

Y es por esto que nos preguntamos si ¿acaso existe una poesía que no fuera performativa? De por sí, enunciar una oración en poesía puede ser performativo, ya que el contexto de la poesía se realiza en sí mismo, entonces surge otra pregunta ¿para qué son los poemas? El mismo acto de preguntar no se realiza con éxito porque puede tener o no tener respuesta. Austin no se limita a tener una posición que toma el lenguaje común como un punto de partida inevitable; sino que, para él, señalaríamos, que es necesario de alguna forma “transcenderlo” por o para la caracterización, de los actos de habla.

Finalmente, entiendo que Austin se desliga de las ideas modernistas que solo creen en la lengua y en el acto de habla como la función del “significado”, o la función de “describir un estado de cosas”, o las funciones de “comunicar”; porque para él, el acto de habla, en contexto histórico-teórico y en determinados usos, es principalmente, una acción, ya sea como acto ilocucionario que tiene una cierta fuerza al decir algo, o como acto perlocucionario que posee o declara efectos, resultados o logros por el hecho de decir algo.

“Decir es hacer”, es decir, emitir una expresión lingüística produce una acción en el mundo, por cuanto los enunciados performativos o realizativos ejercen una acción.

Bibliografía

Austin, John. Cómo hacer cosas con palabras. Buenos Aires, Paidós, 1971.

Bravo, Luis (2007). “La puesta oral de la poesía: la antigüedad multimedia”. Texto de la “conferencia magistral” dictada por el autor en el marco del Festival Poesía en Voz Alta, organizado por la UNAM, Casa del Lago, México, octubre de 2007. Disponible en: http://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Diario/07_17_09_08.html

Judith Butler, «Vulnerabilidad lingüística», en Feminaria, año 16, número 30/31, abril de 2007https://www.academia.edu/5717473/Sobre_la_vulnerabilidad_ling%C3%BC%C3%ADstica_Judith_Butler

Moreno, Marvel. «Severo Sarduy: “Plagio, robo y pillo todo lo que me gusta”». Caravelle, Año 1997, Volumen 68, Número 1.

[1] Austin, Cómo hacer cosas con las palabras. Buenos Aires, Paidós, 1971.

[2] Judith Butler, «Vulnerabilidad lingüística», en Feminaria, año 16, número 30/31, abril de 2007, p. 1.

[3] Moreno, Marvel. «Severo Sarduy: “Plagio, robo y pillo todo lo que me gusta”». Caravelle, Año 1997,

Volumen 68, Número 1.

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