Clásicos · Inhalando Líneas · Mis Lecturas

Clásicos para leer con los más pequeños de la casa 

Siempre se ha dicho que los niños son esponjas y en el caso de un hábito como la lectura, no iba a ser menos.

Aquí te traigo unas lecturas para compartir con tus niños y niñas este mes de junio.

La Historia Interminable, de Michael Ende (1973)
Tras robar un misterioso libro, el pequeño Bastian deberá ayudar al joven guerrero Atreyu a salvar Fantasía de las garras de la Nada. Los pequeños y los no tan pequeños de la casa disfrutarán con esta maravillosa aventura, la obra más recordada del autor.

Clásicos literatura infantil
Recuérdalo, pequeño, que nunca nadie ose robarte tus sueños.

Matilda, de Roald Dahl (1988)
Sensible e inteligente, Matilda es una lectora empedernida de sólo cinco años. Todos la admiran salvo sus mediocres padres, que la consideran una inútil. Lo que más le gustará a los niños de este clásico de la literatura infantil son los asombrosos poderes con los que Matilda se enfrentará a la temible directora Agatha Trunchbull.

Clásicos literatura infantil
Es repugnante. Estás engañando a gente que confía en ti…

El pequeño vampiro, de Angela Sommer-Bodenburg (1979)
Angela Sommer-Bodenburg comenzó a relatar en 1979 las aventuras de Anton y su amigo Rüdiger von Schlotterstein, el pequeño vampiro. Las historias narran las idas y venidas de Anton, Rüdiger y del resto de la familia de vampiros. El primer libro de la saga tuvo su adaptación a la gran pantalla en el año 2000.

Clásicos literatura infantil
Es repugnante. Estás engañando a gente que confía en ti…

Momo, de Michael Ende (1973)
El autor de ´La historia interminable´ cuenta en su haber con otros títulos perfectos para leer con los más pequeños de la casa. En este caso nos presenta a Momo, una niña huérfana que vive en las ruinas de un anfiteatro y que posee la habilidad de saber escuchar. Gracias a su habilidad, Momo es capaz de encontrar las respuestas a todos los problemas de quienes hablan con ella. Pero todo eso cambia con la llegada de los extraños Hombres Grises, capaces de hacer que la gente se olvide de todo menos de su obsesión por ahorrar.

Clásicos literatura infantil
– “¿Y cuándo naciste? – Por lo que puedo recordar, siempre he existido.”

Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak (1963)
Un niño llamado Max descubrirá el maravilloso mundo de los monstruos tras dedicarse a hacer travesuras con su disfraz de lobo. Un clásico de la literatura infantil que ha encandilado a millones niños y niñas en todo el mundo (y a mí a mi edad) 🙂

Clásicos literatura infantil
¡Que comience el revuelo salvaje!

Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll (1865)
Mucho antes de que el clásico de Disney viera la luz, Lewis Carroll deleitó a mayores y pequeños con este clásico de la literatura infantil. Las historias de Alicia, el Conejo Blanco y el Sombrerero, de sobra conocidas por todos, llegaron a ser utilizadas en ámbitos tan dispares como las matemáticas o la psicología.

Clásicos literatura infantil
 «Si cada uno cuidara su propios asuntos, el mundo giraría mucho más rápidamente».

El principito, de Antoine de Saint-Exupéry (1943)
El clásico entre los clásicos. Tus hijos adoraran leer contigo esta entrañable historia que tantas enseñanzas ha dejado para grandes y pequeños. Este inocente cuento narra la historia de un piloto que se encuentra perdido en el Sáhara y que, para su sorpresa, se encuentra con un pequeño príncipe proveniente de otro planeta.

Clásicos literatura infantil
Eres el dueño de tu vida y tus emociones, nunca lo olvide

Aquí les dejo el drive para que descarguen los libros.

y sobre las imágenes están los enlaces directos a PDF en línea.

¡Disfrútenlos!

Blogs & Letras · Inhalando Líneas

La lectura: un acto creativo

En El acto de leer: teoría del efecto estético el texto aparece como “correlato de la conciencia del lector”[1] La fenomenología propuesta por Iser se postula a través del análisis de la lectura, que funciona paralelamente a procesos de conciencia generadoras de ese esfuerzo cognoscitivo conocido como “comprensión”. Los estudios literarios se transforman en un esfuerzo creativo de la recepción que se abre hacia el sentido del texto como una totalidad. Un trabajo en conjunto entre autor y lector; entre lo dicho, lo señalado y la interpretación. La teoría de Iser no sólo propone una fenomenología gráfica que extrae los elementos del texto como si se conformara un rompecabezas, lo que logra es gestar una preocupación por lo otro a partir del sí-mismo[2].

A la hora de considerar una obra literaria, no solamente se debe tener en cuenta el texto en sí como obra, sino también, los actos con los que nos enfrentamos al texto. El texto le ofrece al lector diversas visiones en las que el tema de una obra puede salir a la luz, pero su verdadera manifestación es un acto concretizado, es decir, la obra literaria tiene dos extremos: el estético que es lo concreto llevado de la mano del lector y el artístico cuyo texto es creado por el autor. La obra del autor es más que solo texto, este texto toma vida cuando se concretiza con un lector.

Iser dice: “El texto es un presupuesto estructurado para sus lectores”[3] en su ensayo  “El proceso de lectura”[4] que trata sobre la estética de la recepción y describe los mecanismos de la interpretación literaria, mostrándonos tres puntos de la fenomenología literaria[5]: la reducción fenomenológica en la que Iser lo piensa como un proceso de retención de pasajes de textos, donde el texto mismo no es ni espera ni recuerdo, es un hecho de experiencia en los procesos de lectura; luego está, la formación de consistencia[6], frente al número de valor y uso de la obra literaria entre el lector y el texto; y el lector implícito quien es el que le añade a cada lectura un sentido. Sigue leyendo «La lectura: un acto creativo»

Inhalando Líneas

Lecturas de encierro

inhalando lineas

El pozo – J.C. Onetti
La campana de cristal – Silvia Plath
La invitación – Juan García Ponce
El cocodrilo – Dostoviesky
La casa tomada – Julio Cortázar
El sótano – Luis Thenon
El reformatorio – Torcuato de Miguel
A puertas cerradas – J.P. Sartre
El hombre en busca de sentido – V. Frank

Les deseo los mejores días en el encierro, a veces necesitamos huir del ruido y de la furia.

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A veces hay tanto vacío y

Muy señora mía:

Ayer recibí de las manos de alguien incógnito su carta y la lectura de la misma me dejó perpleja. Usted estuvo en mi búsqueda, sabrá Dios por qué ha dispuesto que me encontrara. Yo estoy en casa, (entre mis libros, perdida, en mi cama) leyendo por manía. Ahora le escribo a usted para estar ocupada y así evitarla. No hay peor cosa que la ociosidad y estar ocioso es una manera de invocarla y la mejor cura es escribir. “El que ha nacido melancólico extrae tristeza de cualquier acontecimiento”, afirma Freud. Todavía lo define mejor Fernando Pessoa: “Una nada que duele”, leo esto y mi sentido humoral se centra en una poesía y al instante me hundo en usted. Lloro, lloro como una niña, me pareció haberla sentido dentro de mí. Yo estoy algo confusa con mis ojos lacrimosos en medio de esas páginas, pero excúseme usted por no querer permitir su visita en este momento, necesito que se vaya lo antes posible.

Desde aquí, desde la cama, si abro los ojos los fuerzo a cerrarse ante el sueño que no tengo, siento un tedio oscureciendo mis manos. Me quedo pensando y siempre concluyo en alguna cosa sin sentido. Lo que consigo es un producto, en mí, no de mi voluntad, sino de una voluntad suya. Esta carta es mi cobardía.

Me siento y

con fuerza interrumpo su llegada.

Me siento sobre mis piernas, en la cama.

La razón para interrumpirla es que algo dentro de mí aun sabe que no todo es real, miro el paisaje que está en el cuadro de la puerta, quiero entrar, pero los pies me pesan demasiado y huyo de ese pensamiento. Tengo la necesidad de no hablar con las personas, quiero escribir y escribir equivale a despreciarme. Hay venenos necesarios, pero escribir agita mis ramas y lanza ruidos infernales y lo gozo. Sigue leyendo «A veces hay tanto vacío y»

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Escribiendo se crean sentidos

Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida.[1]

En el libro Mil Mesetas de Deleuze y Guattari se  habla acerca de las posibilidades de transformación del ser humano, en donde se encuentra en continuo y constante devenir. Consideremos que siempre hay violencia en la escritura, es por ello que el escritor utiliza el devenir como línea de fuga para representar y crear; dejar de ser lo que se es para inventar la vida de nuevo. “Devenir no es alcanzar la forma –parecerse o imitar– sino encontrar la zona de vecindad.”[2] Crear esa zona de vecindad, quiere decir que los afectos, más no la representación, empiezan con la experiencia, en donde el Yo deja de ser yo.

A modo de ejemplo, frente a esta contextualización, se presenta el cuento “Axolotl”[3] de Julio Cortázar. En este cuento el narrador, un hombre adulto, relata su transformación de humano a axolotl. Aparece la representación del Axolotl como un modelo que evade las normas convencionales de comportamiento del ser humano. “Los devenires animales no son sueños ni fantasmas. Son perfectamente reales”[4] En “Axolotl”, se encuentra un narrador-protagonista que tiene una obsesión con estas salamandras mexicanas, en el que el mismo narrador encuentra una afinidad hasta el punto de convertirse en una de ellas.

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.[5]

Esta transformación bien podría ser una división entre la identidad y la personalidad del narrador, en donde el Yo siempre se demuestra con relación a un otro en el que busca reconocerse y ubicarse en “algo” que satisfaga sus pulsiones, y eso es justamente lo que hace el devenir. El devenir no es una evolución, según Deleuze, o al menos no es una evolución por descendencia o filiación. En el caso del “Axolotl” existe una alianza entre el narrador y el animal, no imita pero se identifica. En el cuento, Cortázar crea un animal que representa más que un animal. El narrador pasa de la admiración a la acción.

Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos.

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Día/rio

Leo «el tercer secreto» de Steve Berry. Al llegar a la parte donde menciona a la Ciudad del Vaticano; la fe, la Iglesia Católica, cierro con ímpetu el libro y lo guardo. Me frustro por mi falta de interés en ese tema. ¡Denme la vida no la fe!

Creo que tengo la capacidad de tejer pensamientos así como tejo con las lanas grises que rodean mis manos en momentos de ansiedad. En esta noche mi estado mental está seducido por imágenes instantáneas de bosques, de estrellas, de cuerpos y de reflexiones desubicadas. Palabras que van y vienen y no logro apresarlas, se escapan, se enredan y unas que otras se meten entre mis uñas ahogándose entre la carne y el impulso. Quisiera tener un poco de coherencia pero estoy tan encadenada a expresar lo que salga.

Hoy desperté cansada, descorazonada y fría, un poco más que en los últimos días. Mi vida se debate entre escudriñarme, hallarme, saber qué quiero y entre libros y más libros. Muchas veces desaparece el placer de leer y me escudriño intelectualmente y me siento vacía -comparada con otras personas-, sentimentalmente soy un asco y emocionalmente ni se diga; soy una mezcla de ansiedad y desesperación interrumpida por las tareas diarias y los mensajes que no quiero leer. De repente me encuentro vacilando entre las hojas de papel y me pregunto si vale la pena que sean leídas por un ojo humano.

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Inhalando Líneas

El lenguaje es un virus

Para Burroughs la idea del lenguaje como virus surge a partir del pensamiento de que el sujeto está manipulado, o en otras palabras controlado por algo, «donde los poderes del Estado y el mercado nos dominan mediante la adicción a las drogas, al dinero, al poder, al consumo, al sexo, y la palabra»[1].

El lenguaje es un virus que se reproduce fácilmente e influye en la vida humana. Este autor ataca al lenguaje con el lenguaje mismo, sus textos se reprodujeron como un virus, producto de una mezcla de diferentes registros más sociales y nacionales que literarios, por ejemplo, El almuerzo desnudo es una narración que está sujeta a variados elementos que se alejan de las novelas de su marco temporal, y, probablemente de su significado, logra que sea el lector quien termine por darle forma según sus propios deseos.

Esta novela nos presenta a personas que necesitan de la almuerzodesnudobook.jpgdroga para estimularse, nos habla de despojos humanos -insectos- que hacen lo que sea por conseguir una dosis de aquello que los aleja de la realidad, menciono esto ya que este texto de Burroughs es un claro ejemplo de aquello que controla, no solamente como algo del poder sino que reside en una red flexible que organiza a los ciudadanos en estrategias globales por medio de tácticas locales (mercado).

La escritura de Burroughs juega con metáforas que no son honestas a la intencionalidad del escritor, es por eso por lo que menciono que la lectura logra que el espectador sea trasladado a sensaciones y experiencias –según sus deseos– de una realidad distorsionada en donde el personaje no es capaz de distinguir dónde termina lo real y dónde empieza lo que construye su imaginación. Sigue leyendo «El lenguaje es un virus»