Clásicos

Espacio y tiempo en Eugénie Grandet de Honoré Balzac

     Dentro de la novela de Balzac es posible considerar dos grados de manifestación del espacio: el descriptivo y el psicológico. En el espacio descriptivo, Balzac lo que hace es detallarnos los objetos y la distribución de la casa mediante conjugaciones lingüísticas que van ligadas a la historia narrativa. Nos permite adentrarnos a una realidad propia del género literario de la época. El espacio psicológico forma parte del ambiente que gira en torno a la novela. Podemos ver que este ambiente genera una predisposición en el momento de la lectura, de la misma manera, crea una atmósfera acorde a lo que ocurre en la narración; por ejemplo, el tema de la avaricia nos muestra una casa en malas condiciones, una despensa en malas condiciones que afectan a los personajes, en especial a las figuras femeninas y, luego a los invitados.

  eg.jpg  En el momento en el que nacemos somos arrojados a la casa, sea cual sea la condición de ella, la casa se convierte en nuestro territorio, un espacio en el que vamos a vivir el presente, recordamos el pasado y auguramos un futuro; prácticamente, Balzac plasma, en su novela, una entrada de visita a su hogar, nos muestra cada esquina de su casa y esto implica que nos da a conocer los detalles que rodean la narración —en cuanto a temática— esto con el fin de que se pueda conocer, de manera precisa, la circunstancia en las que se vive en el tiempo y espacio de la novela.

      Si nos proponemos pensar sobre los espacios de la obra de Balzac como espacios de un todo; como la creación de una biosfera semántica desde la perspectiva de Vernadsky, lo que quiere decir es que los espacios, en este caso la casa de los Grandet es: Sigue leyendo “Espacio y tiempo en Eugénie Grandet de Honoré Balzac”

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El ser teatro: ¿Hay algo filosófico que decir sobre el teatro?

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La filosofía y el teatro están íntimamente ligados ya que el teatro es una metáfora del propio universo, como seres humanos somos una serie de signos que están íntimamente arraigados a cuestionarnos a nosotros mismos sobre el escenario (llámese escenario a cualquier lugar en donde seamos). Desde la tragedia griega de Esquilo, el teatro se ha convertido en un lugar para la reflexión sobre los acontecimientos históricos y la moral de los hombres, temas comunes también a la filosofía y, es inevitable pensar el teatro sin partir del propio hecho teatral —me refiero aquí a su dimensión primigenia, en su sentido más esencial—.

La filosofía y el teatro, dos disciplinas que comparten la capacidad de hacer de punto de fuga; no deben ser únicamente herramientas para hacer, sino que más bien, deben internarse en la posibilidad para pensar incluso lo imposible. La palabra, el logos[1], también se encuentra a través del cuerpo, naciendo como nueva forma de representación. Sigue leyendo “El ser teatro: ¿Hay algo filosófico que decir sobre el teatro?”

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No-éter

Hubo un tiempo en el que la tecnología no iba ligada a mi quehacer diario. Leía, trabajaba, leía, trabajaba y vivía en una constante individualización, me había alejado de las masas, me enfrascaba en mi pensamiento, flotaba libremente con naturalidad en mi interior. Ordenaba mi propio mundo a partir de mi propio sistema de sociabilidad. Era como un pájaro, andaba en mi propio vuelo, pero no había bandadas que me siguieran, pasaba desapercibida y eso para mí era libertad.

Hubo un tiempo en el que me quedaba petrificada frente a la existencia de las personas, me sentía en un laberinto. Hija ejemplar encerrada en una alcoba introvertida con pensamientos herméticos que se agrupaban sin separarse. Visto así, me convertí en mi propia ciudad, con mi propia organización dotada de ramificaciones internas que siem-pre tenían una salida: escribir, leer, hablar sola. Mantenía un orden.

Hubo otro tiempo en el que empecé a sentirme en un callejón sin salida: pasillos de ansiedad, pensamientos entretejidos que caían por escaleras, ya no leía con regularidad, lloraba cuando tenía que ir a trabajar, ya no me movía con mesura en mi propio espacio.

Hubo otro tiempo en el que todo era ficción. Leyes por doquier, padres estrictos, hija rebelde. Sueños truncados. Vivía en un sistema de funciones que funcionaban solo para funcionar porque algo no funcionaba. Vivía en un sistema de ficciones que me sacaban de la caja y me permitían fingir. Visto así, me convertí en pensamientos ilógicos, empecé a aliarme a las masas, me convertí en cifras, registros, exámenes, salidas, paseos, no mantenía el orden. Sigue leyendo “No-éter”

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La naturaleza en Las desventuras del joven Werther

Toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye

la verdadera expresión de la naturaleza.

La naturaleza es un concepto que va ligado a la belleza. Baudelaire en el texto El pintor de la vida moderna, señala que la belleza de la modernidad, según el Señor G., es: «La belleza particular, la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbre» es decir, que la belleza es la forma en la que está constituida la ciudad, el quehacer diario, la vida parisina y la sociedad. El señor G., encuentra la belleza en la calle, en la gente, en los ambientes superficiales. En cambio Werther, encuentra la belleza en la vida alejada de las calles y de la gente y, de esa manera, la naturaleza va ligada a la personalidad o estado de ánimo de nuestro personaje, lo rodea y va evolucionando conforme evolucionan sus sentimientos. Si bien es cierto, el concepto de Baudelaire es más actual que el de Goethe, este último nos presenta a un personaje que mantiene una relación agradable con la soledad de la naturaleza, es así, que nos dice que, en torno a su viaje:

«Reina en mi espíritu una alegría admirable muy parecida a las dulces alboradas de primavera, de que gozo aquí con delicia… Cuando el valle se vela en torno mío como un encaje de vapores; cuando el sol del mediodía centellea sobre la impenetrable sombra de mi bosque sin conseguir otra cosa que filtrar entre las hojas algunos rayos hasta el fondo del santuario; cuando tendido sobre la crecida hierba, cerca de la cascada, mi vista, más próxima a la tierra, descubre multitud de menudas y diversas plantas; cuando siento más cerca de mi corazón los rumores vivientes de ese pequeño mundo que palpita en los tallos de las hojas…»

Werther vivía en una ciudad que para él era desagradable y se quejaba de la burguesía y del despotismo ilustrado. Para evadirse de todo esto huye de la ciudad a una aldea cercana llamada Wahlheim. Para Werther la naturaleza de este pueblo es bella e indescriptible y, si consideramos cómo aparece la naturaleza en Werther, advertiremos que nos enfrentamos al canon de la naturaleza en el Romanticismo, donde es siempre el reflejo de los sentimientos y las pasiones del héroe romántico. Sigue leyendo “La naturaleza en Las desventuras del joven Werther”

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Somos restos, trazos, trozos y fragmentos de lo que leemos

 

Porque el deseo de leer, como todos los otros deseos que distraen nuestras almas infelices, puede ser analizado.

Virginia Woolf, “Sir Thomas Browne”, 1923

Ya decía Franz Kafka: “Un libro tiene que ser el hacha que rompa nuestra mar congelada” y el ingenioso Ricardo Piglia en El último lector nos cuenta acerca de la lectura y la percepción solitaria: “En definitiva trata sobre el modo de hacer visible lo invisible y fijar las imágenes nítidas que ya no vemos pero que insisten todavía como fantasmas y viven entre nosotros”. De eso quiero escribir hoy, de aquello que aprendes cuando lees a Alberto Manguel y de aquello que sientes cuando lees un libro de Kafka, de Dostovieski, o de Piglia; cuando te adentras en los cuentos de Borges, las historias de Ngozi, las crónicas de Caparrós, los ensayos de Kundera, entre otros, nos despojamos por completo de cualquier construcción que se tiene prevista; nos volvemos el libro que hemos leído, las historias que nos han contado.

Realmente hay algo que nos detiene y nos causa un desorden; leemos restos de una vida, trozos y trazos de sentimientos y emociones de un escritor que no piensa, quizás, en nuestras emociones, sino que se concentra en plasmar las suyas, y esa escritura llega a nosotros para alejarnos de lo real y abrirnos un espacio entre la literatura y la vida. Los libros persisten en el laberinto de la memoria. Todos, como diría Borges, nos extraviamos ahí, en ese mundo imaginativo de alguien. Un mundo capaz de transmitirnos, en el acto ilusorio de leer, sentimientos que se plasman en un papel y a menudo nos vemos ahí. Lloramos, suspiramos e incluso abrazamos el libro, no solamente leemos, nos enfrentamos a nuestro propio sentir, construimos el sentido de las palabras. Sigue leyendo “Somos restos, trazos, trozos y fragmentos de lo que leemos”

Inhalando Líneas

La ventana

Reblog de Revista Liberoamérica, un cuento que escribí: La ventana.

Link ————> https://liberoamerica.com/2018/09/04/la-ventana/

Años después de la partida de mi padre me vi en la obligación de querer salir de casa, no soportaba a mi madre, no soportaba el barrio. Todos los días tenía que aguantar a los pescadores que se arrimaban a la puerta a entregar conchas, caracoles, camarones o alguna tilapia y me veía obligada a recoger los encargos, porque de eso vivíamos. Yo olía a pescado todo el tiempo, me convencí que era hija de un pescador que se aburrió de naufragar en casa.

Las mañanas de los viernes eran más pesadas, tenía que cargar con un cubo lleno de caracoles. Mí día a día era eso: un ir y venir. Este trabajo lo hacía mi padre después de desembarcar. Ahora me tocaba avanzar slow mientras mis pensamientos daban vueltas en espiral como el caparazón de aquellos caracoles que me hacían arrastrar las piernas mientras los cargaba. Mi cabello siempre estaba ardiente, era de color rojo, el predicador de la esquina me miraba deseoso, sentía que quería tocarlo, olerlo y tenerlo entre sus dedos. «Porque así ha dicho el Señor DIOS: En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder. Y dijisteis: No, porque huiremos a caballo. Por tanto, huiréis. Y: Sobre corceles veloces cabalgaremos». Cada vez que decía «cabalgaremos» yo lo miraba, sacaba dos caracoles y los frotaba frente a él y él se enrojecía.

el tejedor del tiempoAcostada después de haberme dado un baño que me quitó la espesa sal que raspaba mi alma, sentí ganas de navegar. «Quiero ir a pescar» le dije a mi mamá quien, después de la partida de mi padre, había asumido el rol de trabajar para mantener el hogar. «No vas a pescar, lo que harás es ir a recoger caracoles a la orilla del río. Lleva a tu hermano». Mi hermano tenía 8 años, era autista, me volvía loca todo el tiempo, siempre quería saber lo que pasaba alrededor, muchas veces se nos perdía pero, como el lugar donde vivíamos era pequeño, lo encontrábamos en algún árbol, una orilla o entre los montes. No me quería hacer cargo de él, su comportamiento era incoherente muchas veces, otras veces no quería quedarse solo, hacía avioncitos de papel mientras me esperaba en el bote cuando yo recogía los caracoles.

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La crisis del «no tiempo» como puente a las comunidades solidarias en el cuento “La autopista del sur” de Julio Cortázar

El autor del cuento “La autopista del sur” publicado en 1966 junto a otros cuentos en el libro Todos los fuegos el fuego, nació en Ixelles Bélgica el 26 de agosto de 1914. Julio Cortázar fue escritor, traductor en la UNESCO y figura relevante para el boom latinoamericano. Vivió en Argentina (Banfield y Buenos Aires) toda su infancia y juventud hasta ganarse una beca en París en 1951.

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En la década de los 60, Cortázar fue un fenómeno editorial debido a su sensibilidad artística y su preocupación frente a las sociedades marginales y los problemas políticos. Su literatura está trazada por el realismo mágico, la complejidad de lo real, el existencialismo, las diversidades de la vida y el mundo, y la otredad.  Finalmente, Cortázar murió en París el 12 de febrero de 1984.

La crisis del «no tiempo» como puente a las comunidades solidarias.

Julio Cortázar en su cuento “La autopista del sur” sostiene, como eje temático, el sentido de la solidaridad que emerge en los seres humanos al instante en que ocurre una desgracia. Así se obliga a los involucrados a salir de su zona de confort y del tiempo que rige a los mismos. El cuento comienza exponiendo la importancia temporal que contrasta la inercia de un embotellamiento de carros que pondrá a los personajes, sin identidades ni nombres, en varios aprietos durante toda la trama.

«Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa…» (Cortázar, 1966)

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