Inhalando Líneas

Las Tesis de la Filosofía de la Historia de Walter Benjamín: empatía e historia

En las Tesis de la Filosofía de la Historia de Benjamín se permite que pensemos la historia, la religión y la política, todas ellas, en forma distinta a como han sido imaginadas tradicionalmente. Lo que Benjamín denomina como la acción política revolucionaria, necesitaría de una acción separada de la violencia para poder romper con el continuo de la historia; además, nos habla de cómo los límites de pensar la política separada de la noción del progreso histórico, permite que ésta pueda contribuir al reconocimiento de los olvidados de la historia. Las tesis de la filosofía de la historia como texto completo es, sin duda, uno de los más enigmáticos del pensamiento de Benjamín, tiene una combinación de religión (por medio del mesianismo judío), política y materialismo histórico, estas tesis están elaboradas en forma de metáforas, en muchas ocasiones, nos lleva a una relectura para su mejor comprensión.

En las Tesis, Benjamín realiza una crítica contra la forma  “superior”  de  contar la historia de su época. Lo concibe como una manera de narrar la historia en donde se describen hechos o acontecimientos con una sucesión lógica progresiva – aquí ya nos enfrentamos a la idea de una continuidad inevitable entre lo que sucedió en el pasado con lo acontecido en el presente–, siendo el presente un tránsito de los factores que determinan la futura realidad. En la historia, el historiador se ve obligado a tener en cuenta solamente aquellos hechos y acontecimientos capaces de explicarse dentro de las relaciones de causa y efecto, mientras las interrupciones se piensan históricas solo cuando se convierten en condicionantes de nuevos acontecimientos.

«La verdadera imagen del pasado transcurre rápidamente. Al pasado sólo puede retenérsele en cuanto imagen que relampaguea, para nunca más ser vista, en el instante de su cognoscibilidad. «La verdad no se nos escapará»; esta frase, que procede de Gottfried Keller, designa el lugar preciso en donde el materialismo histórico atraviesa la imagen del pasado que amenaza desaparecer con cada presente que no se reconozca mentado en ella. «La buena nueva, que el historiador, anhelante, aporta al pasado viene de una boca que quizás en el mismo instante de abrirse hable al vacío».[1]

Ángelus Novus – Paul Klee

Benjamín muestra la manera en cómo los historiadores –educados en el materialismo histórico – deberían contar la historia e identifica diferencias entre el materialismo histórico y el historicismo. Una de estas diferencias es asumir el pasado, es decir, el historicismo muestra al pasado como eterno, en donde el presente está determinado hasta prolongar su camino inevitable en muchas formas en el futuro, ve en el pasado una experiencia única como posibilidad para el hombre, mientras los hechos ocurridos en el presente dejan de ser lo irremediablemente igual y repetido hacía el futuro. El presente para Benjamín no debe ser estimado un simple tránsito, ya que en él reposa la posibilidad de una ruptura, un momento de suspenso en el que el acto político revolucionario nos conduciría a una enemistad con el continuo de la historia.  Este acto político no corresponde a un acto exclusivo de los obreros, sino del lumpen. Y se podría hablar de poesía, el arte literario militante es el más extraño de explicar: ¿Quién tiene razón: la historia o los poetas?, ¿quién escribe lo que es correcto, el lado correcto? ¿Quiénes fueron los héroes, quiénes los villanos? ¿Serán los artistas los villanos? También es extraño de definir cuándo se creó, cuándo se escribió por primera vez y quiénes fueron sus precursores.

La poesía siempre será un acto del lenguaje, un imperativo inquisidor de razones, una excusa para buscar verdades y colarse entre otros discursos, sobre todo, entre las patrañas del discurso político-tiránico. A modo de ejemplo, el poeta Roque Dalton a través de sus palabras se pregunta por qué América Latina está tan plagada de estos animales con hambre de poder, de control, por qué siempre tiene que suceder de esta manera y por qué la literatura salvadoreña (la literatura en general) no se cuestiona otras cosas, no reflexiona sobre la política, sino que se queda estancada en el pasado, en lo que ya no existe y no avanza a una nueva forma de Nación[2], es decir, se han quedado recordando la historia porque es lo que les (nos) han enseñado sin ser capaces de distinguir entre los acontecimientos relevantes y no tan relevantes en su afán de conocer el pasado en su totalidad: En la tesis diecisiete encontramos una diferencia en la que afirma que: «el historicismo culmina con pleno derecho en la historia universal. Y quizás con más claridad que de ninguna otra se separa de ésta metódicamente la historiografía materialista».[3] El trabajo del historiador es acumular información y datos en los que después va creando una historia universal en la que se tiene en cuenta la manera de (de)terminar los acontecimientos. El historicismo narra la historia como un “continuum”: «El materialista histórico no puede renunciar al concepto de un presente que no es transición, sino que ha llegado a detenerse en el tiempo. Puesto que dicho concepto define el presente en el que escribe historia por cuenta propia. El historicismo plantea la imagen «eterna» del pasado, el materialista histórico en cambio plantea una experiencia con él que es única. Deja a los demás malbaratarse cabe la prostituta «Érase una vez» en el burdel del historicismo. El sigue siendo dueño de sus fuerzas: es lo suficientemente hombre para hacer saltar el continuum de la historia».[4]

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El nombre de la Rosa – Qué le aportó la escolástica medieval a la historia de la lectura

Aproximadamente a partir del siglo XII aparece una forma de lectura nueva llamada la «escolástica». Este contexto coincide con el nacimiento de las primeras universidades que eran instituciones medievales orientadas al conocimiento ligado a la teología. La técnica escolástica renovó por completo la manera en la que se leía y entendía un texto, y perduró hasta finales de la Edad Media, justo antes de la llegada del Renacimiento.

Lo que la escolástica proponía era que los textos no solamente debían ser leídos sino también entendidos; que el conocimiento y la formación eran posibles a través de la lectura de los libros adecuados. La primera etapa de la lectura escolástica tenía como protagonistas a la fe y la razón, pero siempre la razón era la que se subordinaba a la fe: el aprendizaje estaba condicionado a los textos sagrados; sin embargo, el método escolástico fue teniendo cambios a lo largo de los años, hasta que en su última etapa se puede apreciar una separación total entre la fe y la razón, una distinción absoluta de la teología y la filosofía en cuanto a sus obvias diferencias.

De ahí en adelante, un libro no se abordaba de cualquier manera. […] Era preciso que el lector pudiese encontrar con facilidad lo que buscaba en el libro, sin tener que hojear las páginas. Para responder a esa exigencia, se empezó por establecer divisiones, a marcar los párrafos, a dar títulos a los diferentes capítulos, y a establecer concordancias, índices de contenido y alfabéticos que facilitasen la consulta rápida de una obra y la localización de la documentación necesaria.[1] Sigue leyendo «El nombre de la Rosa – Qué le aportó la escolástica medieval a la historia de la lectura»