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¿La lectura en rollos suponía un modo de lectura distinto al método de lectura moderno?

Los inicios de la lectura para los romanos fueron los rollos de papiro. Leer un libro era leer un rollo hasta, aproximadamente, el siglo III d. C. Este rollo contenía una parte de la totalidad de un texto y la manera en que se leía era sosteniendo el rollo con la mano derecha, desenrollándolo con la mano izquierda mientras se lo leía para que finalmente quedase enrollado otra vez en la mano opuesta a la inicial.

Un texto podía estar escrito en un solo rollo o también podía estar disperso en varios rollos que formaban la totalidad. Esta experiencia de lectura suponía prácticas distintas a las que nacen posteriormente: implica un acto de leer diferente.

Aunque tanto la lectura del rollo como la lectura moderna parecen implicar una relación similar en cuanto a la fisiología del lector, como la postura, hay varias diferencias que cambian por completo el sentido de la lectura. Uno de ellos es, como era de esperarse, la lectura en voz alta; los rollos se leían generalmente en voz alta, era incluso común que hubiesen oidores mientras alguien leía. Esto implicaba un uso diferente del ojo, el oído y la boca en torno a la lectura que el que se les da en la modernidad.

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El nombre de la Rosa – Qué le aportó la escolástica medieval a la historia de la lectura

Aproximadamente a partir del siglo XII aparece una forma de lectura nueva llamada la «escolástica». Este contexto coincide con el nacimiento de las primeras universidades que eran instituciones medievales orientadas al conocimiento ligado a la teología. La técnica escolástica renovó por completo la manera en la que se leía y entendía un texto, y perduró hasta finales de la Edad Media, justo antes de la llegada del Renacimiento.

Lo que la escolástica proponía era que los textos no solamente debían ser leídos sino también entendidos; que el conocimiento y la formación eran posibles a través de la lectura de los libros adecuados. La primera etapa de la lectura escolástica tenía como protagonistas a la fe y la razón, pero siempre la razón era la que se subordinaba a la fe: el aprendizaje estaba condicionado a los textos sagrados; sin embargo, el método escolástico fue teniendo cambios a lo largo de los años, hasta que en su última etapa se puede apreciar una separación total entre la fe y la razón, una distinción absoluta de la teología y la filosofía en cuanto a sus obvias diferencias.

De ahí en adelante, un libro no se abordaba de cualquier manera. […] Era preciso que el lector pudiese encontrar con facilidad lo que buscaba en el libro, sin tener que hojear las páginas. Para responder a esa exigencia, se empezó por establecer divisiones, a marcar los párrafos, a dar títulos a los diferentes capítulos, y a establecer concordancias, índices de contenido y alfabéticos que facilitasen la consulta rápida de una obra y la localización de la documentación necesaria.[1] Sigue leyendo «El nombre de la Rosa – Qué le aportó la escolástica medieval a la historia de la lectura»

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La lectura: un acto creativo

En El acto de leer: teoría del efecto estético el texto aparece como “correlato de la conciencia del lector”[1] La fenomenología propuesta por Iser se postula a través del análisis de la lectura, que funciona paralelamente a procesos de conciencia generadoras de ese esfuerzo cognoscitivo conocido como “comprensión”. Los estudios literarios se transforman en un esfuerzo creativo de la recepción que se abre hacia el sentido del texto como una totalidad. Un trabajo en conjunto entre autor y lector; entre lo dicho, lo señalado y la interpretación. La teoría de Iser no sólo propone una fenomenología gráfica que extrae los elementos del texto como si se conformara un rompecabezas, lo que logra es gestar una preocupación por lo otro a partir del sí-mismo[2].

A la hora de considerar una obra literaria, no solamente se debe tener en cuenta el texto en sí como obra, sino también, los actos con los que nos enfrentamos al texto. El texto le ofrece al lector diversas visiones en las que el tema de una obra puede salir a la luz, pero su verdadera manifestación es un acto concretizado, es decir, la obra literaria tiene dos extremos: el estético que es lo concreto llevado de la mano del lector y el artístico cuyo texto es creado por el autor. La obra del autor es más que solo texto, este texto toma vida cuando se concretiza con un lector.

Iser dice: “El texto es un presupuesto estructurado para sus lectores”[3] en su ensayo  “El proceso de lectura”[4] que trata sobre la estética de la recepción y describe los mecanismos de la interpretación literaria, mostrándonos tres puntos de la fenomenología literaria[5]: la reducción fenomenológica en la que Iser lo piensa como un proceso de retención de pasajes de textos, donde el texto mismo no es ni espera ni recuerdo, es un hecho de experiencia en los procesos de lectura; luego está, la formación de consistencia[6], frente al número de valor y uso de la obra literaria entre el lector y el texto; y el lector implícito quien es el que le añade a cada lectura un sentido. Sigue leyendo «La lectura: un acto creativo»

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Resistiendo en la cuarentena

Narrativas invisibles se tejen en y alrededor de cada imagen, dibujo y trazo un mapa imaginario de un objeto sobre otro, todo está en experimentar. En algún lado, la memoria ancestral femenina apareció en mí y, por intuición, me avoqué a esta actividad nunca antes practicada o estudiada. Darle color a una casa de caña me tomó por sorpresa, el ir y venir del hilo por el papel me ayudó a resistir mi cuerpo, a resistir frente a la realidad que nos encierra.

Esta vez no bordé gatitos, pájaros o adornos, bordé a mi propio ritmo sobre el papel de caña muy delicado y en cada puntada sentía que se iba a romper. ¡El papel también resiste! Bordé flores, árboles, plantas que crecen, que se quedan, que viven. Empecé a intervenir imágenes que nos muestran la realidad social en la que vivimos en el contexto de pandemia. El uso de b/n es una excusa para dar color. Esta acción, aunque es históricamente femenina donde la mujer se sentaba a conversar, compartir y estaba acompañada de otra, para mí es un escapatoria para pensar. Pasar el hilo por un pequeño ojal, quedarme horas y horas bordando o tejiendo palabras me hizo resistir al tiempo, al espacio que habito, esta actividad hace ecos en mi memoria, me pierdo por momentos, pero no dejo de ser yo.

#QuédateEnCasa
SOMOS ALGO
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Hojas Sueltas · Inhalando Líneas · Recomendaciones

Hábitos lectores

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Uno de los procesos informativos, sociales e históricos más importantes que tiene la humanidad a partir del lenguaje es la Lectura ya que es el proceso de interpretación, comprensión, explicación de un sistema de signos lógicos que llamamos texto, ya sea este en papel o en formato digital. El lenguaje humano coincide con ser una de las primeras propiedades y capacidades del hombre para pensar. La lectura nos ofrece muchas ventajas a quienes la tomamos como un hábito imprescindible en nuestras vidas.

Con este hábito tenemos un enriquecimiento interno, adquisición de conocimientos, mejoramiento de nuestra capacidad comunicativa, entre otros beneficios. Además, es una fuente de entretenimiento apto para todas las edades, sexos y condición social. El secreto para apasionarse con la lectura reside en saber encontrar aquello que se adapta a nuestros deseos, intereses y necesidades.

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Clásicos · Inhalando Líneas · Mis Lecturas

Clásicos para leer con los más pequeños de la casa 

Siempre se ha dicho que los niños son esponjas y en el caso de un hábito como la lectura, no iba a ser menos.

Aquí te traigo unas lecturas para compartir con tus niños y niñas este mes de junio.

La Historia Interminable, de Michael Ende (1973)
Tras robar un misterioso libro, el pequeño Bastian deberá ayudar al joven guerrero Atreyu a salvar Fantasía de las garras de la Nada. Los pequeños y los no tan pequeños de la casa disfrutarán con esta maravillosa aventura, la obra más recordada del autor.

Clásicos literatura infantil
Recuérdalo, pequeño, que nunca nadie ose robarte tus sueños.

Matilda, de Roald Dahl (1988)
Sensible e inteligente, Matilda es una lectora empedernida de sólo cinco años. Todos la admiran salvo sus mediocres padres, que la consideran una inútil. Lo que más le gustará a los niños de este clásico de la literatura infantil son los asombrosos poderes con los que Matilda se enfrentará a la temible directora Agatha Trunchbull.

Clásicos literatura infantil
Es repugnante. Estás engañando a gente que confía en ti…

El pequeño vampiro, de Angela Sommer-Bodenburg (1979)
Angela Sommer-Bodenburg comenzó a relatar en 1979 las aventuras de Anton y su amigo Rüdiger von Schlotterstein, el pequeño vampiro. Las historias narran las idas y venidas de Anton, Rüdiger y del resto de la familia de vampiros. El primer libro de la saga tuvo su adaptación a la gran pantalla en el año 2000.

Clásicos literatura infantil
Es repugnante. Estás engañando a gente que confía en ti…
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Lecturas de encierro

inhalando lineas

El pozo – J.C. Onetti
La campana de cristal – Silvia Plath
La invitación – Juan García Ponce
El cocodrilo – Dostoviesky
La casa tomada – Julio Cortázar
El sótano – Luis Thenon
El reformatorio – Torcuato de Miguel
A puertas cerradas – J.P. Sartre
El hombre en busca de sentido – V. Frank

Les deseo los mejores días en el encierro, a veces necesitamos huir del ruido y de la furia.

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A veces hay tanto vacío y

Muy señora mía:

Ayer recibí de las manos de alguien incógnito su carta y la lectura de la misma me dejó perpleja. Usted estuvo en mi búsqueda, sabrá Dios por qué ha dispuesto que me encontrara. Yo estoy en casa, (entre mis libros, perdida, en mi cama) leyendo por manía. Ahora le escribo a usted para estar ocupada y así evitarla. No hay peor cosa que la ociosidad y estar ocioso es una manera de invocarla y la mejor cura es escribir. “El que ha nacido melancólico extrae tristeza de cualquier acontecimiento”, afirma Freud. Todavía lo define mejor Fernando Pessoa: “Una nada que duele”, leo esto y mi sentido humoral se centra en una poesía y al instante me hundo en usted. Lloro, lloro como una niña, me pareció haberla sentido dentro de mí. Yo estoy algo confusa con mis ojos lacrimosos en medio de esas páginas, pero excúseme usted por no querer permitir su visita en este momento, necesito que se vaya lo antes posible.

Desde aquí, desde la cama, si abro los ojos los fuerzo a cerrarse ante el sueño que no tengo, siento un tedio oscureciendo mis manos. Me quedo pensando y siempre concluyo en alguna cosa sin sentido. Lo que consigo es un producto, en mí, no de mi voluntad, sino de una voluntad suya. Esta carta es mi cobardía.

Me siento y

con fuerza interrumpo su llegada.

Me siento sobre mis piernas, en la cama.

La razón para interrumpirla es que algo dentro de mí aun sabe que no todo es real, miro el paisaje que está en el cuadro de la puerta, quiero entrar, pero los pies me pesan demasiado y huyo de ese pensamiento. Tengo la necesidad de no hablar con las personas, quiero escribir y escribir equivale a despreciarme. Hay venenos necesarios, pero escribir agita mis ramas y lanza ruidos infernales y lo gozo. Sigue leyendo «A veces hay tanto vacío y»

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Escribiendo se crean sentidos

Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida.[1]

En el libro Mil Mesetas de Deleuze y Guattari se  habla acerca de las posibilidades de transformación del ser humano, en donde se encuentra en continuo y constante devenir. Consideremos que siempre hay violencia en la escritura, es por ello que el escritor utiliza el devenir como línea de fuga para representar y crear; dejar de ser lo que se es para inventar la vida de nuevo. “Devenir no es alcanzar la forma –parecerse o imitar– sino encontrar la zona de vecindad.”[2] Crear esa zona de vecindad, quiere decir que los afectos, más no la representación, empiezan con la experiencia, en donde el Yo deja de ser yo.

A modo de ejemplo, frente a esta contextualización, se presenta el cuento “Axolotl”[3] de Julio Cortázar. En este cuento el narrador, un hombre adulto, relata su transformación de humano a axolotl. Aparece la representación del Axolotl como un modelo que evade las normas convencionales de comportamiento del ser humano. “Los devenires animales no son sueños ni fantasmas. Son perfectamente reales”[4] En “Axolotl”, se encuentra un narrador-protagonista que tiene una obsesión con estas salamandras mexicanas, en el que el mismo narrador encuentra una afinidad hasta el punto de convertirse en una de ellas.

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.[5]

Esta transformación bien podría ser una división entre la identidad y la personalidad del narrador, en donde el Yo siempre se demuestra con relación a un otro en el que busca reconocerse y ubicarse en “algo” que satisfaga sus pulsiones, y eso es justamente lo que hace el devenir. El devenir no es una evolución, según Deleuze, o al menos no es una evolución por descendencia o filiación. En el caso del “Axolotl” existe una alianza entre el narrador y el animal, no imita pero se identifica. En el cuento, Cortázar crea un animal que representa más que un animal. El narrador pasa de la admiración a la acción.

Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos.

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Día/rio

Leo «el tercer secreto» de Steve Berry. Al llegar a la parte donde menciona a la Ciudad del Vaticano; la fe, la Iglesia Católica, cierro con ímpetu el libro y lo guardo. Me frustro por mi falta de interés en ese tema. ¡Denme la vida no la fe!

Creo que tengo la capacidad de tejer pensamientos así como tejo con las lanas grises que rodean mis manos en momentos de ansiedad. En esta noche mi estado mental está seducido por imágenes instantáneas de bosques, de estrellas, de cuerpos y de reflexiones desubicadas. Palabras que van y vienen y no logro apresarlas, se escapan, se enredan y unas que otras se meten entre mis uñas ahogándose entre la carne y el impulso. Quisiera tener un poco de coherencia pero estoy tan encadenada a expresar lo que salga.

Hoy desperté cansada, descorazonada y fría, un poco más que en los últimos días. Mi vida se debate entre escudriñarme, hallarme, saber qué quiero y entre libros y más libros. Muchas veces desaparece el placer de leer y me escudriño intelectualmente y me siento vacía -comparada con otras personas-, sentimentalmente soy un asco y emocionalmente ni se diga; soy una mezcla de ansiedad y desesperación interrumpida por las tareas diarias y los mensajes que no quiero leer. De repente me encuentro vacilando entre las hojas de papel y me pregunto si vale la pena que sean leídas por un ojo humano.

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El lenguaje es un virus

Para Burroughs la idea del lenguaje como virus surge a partir del pensamiento de que el sujeto está manipulado, o en otras palabras controlado por algo, «donde los poderes del Estado y el mercado nos dominan mediante la adicción a las drogas, al dinero, al poder, al consumo, al sexo, y la palabra»[1].

El lenguaje es un virus que se reproduce fácilmente e influye en la vida humana. Este autor ataca al lenguaje con el lenguaje mismo, sus textos se reprodujeron como un virus, producto de una mezcla de diferentes registros más sociales y nacionales que literarios, por ejemplo, El almuerzo desnudo es una narración que está sujeta a variados elementos que se alejan de las novelas de su marco temporal, y, probablemente de su significado, logra que sea el lector quien termine por darle forma según sus propios deseos.

Esta novela nos presenta a personas que necesitan de la almuerzodesnudobook.jpgdroga para estimularse, nos habla de despojos humanos -insectos- que hacen lo que sea por conseguir una dosis de aquello que los aleja de la realidad, menciono esto ya que este texto de Burroughs es un claro ejemplo de aquello que controla, no solamente como algo del poder sino que reside en una red flexible que organiza a los ciudadanos en estrategias globales por medio de tácticas locales (mercado).

La escritura de Burroughs juega con metáforas que no son honestas a la intencionalidad del escritor, es por eso por lo que menciono que la lectura logra que el espectador sea trasladado a sensaciones y experiencias –según sus deseos– de una realidad distorsionada en donde el personaje no es capaz de distinguir dónde termina lo real y dónde empieza lo que construye su imaginación. Sigue leyendo «El lenguaje es un virus»

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Cómic Ojos de gato una metáfora de la vida

Leí el cómic Ojos de Gato de Jodorowsky y Moebius y me ha impacto en gran medida el fondo de la historia, más allá de la narrativa a nivel de ilustración.

MOEBIUS1Narra, visualmente, a un hombre que se encuentra asomado en una ventana donde, desde la primera imagen que lo muestra, nos da a entender el uso del espacio para denotar la altura del ave a la que él espera. Esta imagen encerrada en el marco de una línea gruesa.

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Así mismo, aparecen edificios, casi destruidos,  en medio de una jungla que alimenta un paisaje desolador. Aparece aquí un gran plano general que nos ofrece información sobre el contexto donde transcurre la acción. El rayo de luz que surge en el cielo, remarca la ciudad. Aparece el gato negro, y ahí es el inicio de todo.

Es un cómic que nos desconcerta un poco y hay que reelerlo muchas veces para atender a los detalles, a las expresiones mínimas y a las acciones que son resumidas y ocurren en menos de 60 páginas.

Algo que me llama la atención es la estructura visual de la narración, existe una repetición de imágenes aunadas con unas ilustraciones que detalla cada acontecimiento. Los autores juegan de forma irónica con el espacio, porque en el cuadro delimitado en negro, da una sensación de altura, amplitud e inmensidad, mientras tanto con el uso de la página entera, causa sensación de agobio, de congestión y enclaustramiento. Nos deja preguntando ¿quién es el personaje que aparece en la ventana? Sigue leyendo «Cómic Ojos de gato una metáfora de la vida»

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Margit Frenk sobre los lectores del siglo de oro español

 Margit Frenk realiza un panorama de la lectura durante el Siglo de oro español, que transcurrió más o menos entre los siglos XVI y XVII, llegando a su decadencia —debido a la misma decadencia política de España— en el siglo XVIII. Esta era una época que nació junto con el Renacimiento; es decir, apenas la Edad Media estaba llegando a su fin y las formas de relación comenzaban a cambiar. La literatura, por ejemplo, estaba tomando otro rumbo a partir de la invención de la imprenta y su respectiva difusión. Los hábitos de lectura estaban cambiando, aunque algunos luchaban y resistían, como es el caso de la lectura en voz alta.

Es en el siglo XV, ya terminando el Medioevo, que se pasa de una lectura oral a una lectura ocular: el órgano relacionado con la lectura ya no era la boca junto con el oído, sino que era el ojo. La lectura silenciosa cambia por completo la recepción del texto literario, la manera en la que se entiende e interpreta la literatura ya no es la misma. Sin embargo, durante el Siglo de oro español aún podía hablarse de una tradición de lectores-oyentes. Frenk explica que, en este momento de la historia, las obras llegaban al vulgo a través de las lecturas en voz alta, de textos enteros aprendidos de memoria. Esta forma de lectura permitía precisamente que sea el vulgo quien se apropie del texto, aunque estos pudiesen ser considerados difíciles de entender; este público, generalmente juzgado como ignorante, era el lector-oidor de la época, eran ellos quienes recitaban de memoria textos enteros porque esta suponía su experiencia de lectura. Aunque es necesario aclarar que esta lectura no era propia de esta clase social ni debe relacionársela a un público inculto, sino que más bien se trata de una experiencia de lectura colectiva.

Hay que tener muy en cuenta cuán reciente era la invención de la imprenta y percatarse de que su rápido auge no pudo haber desterrado de la noche a la mañana los ancestrales hábitos de «consumo » de la literatura […] Antes del siglo XV los textos eran leídos en voz alta, recitados de memoria, salmodiados o cantados; su público era un público de oyentes, un «auditorio». Los manuscritos servían para fijar los textos y apoyar la lectura en voz alta, la memorización, el canto.[1]

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La lectura es la posibilidad y la condición de la escritura

Para Roland Barthes, la lectura es otra forma de escritura. En su ensayo “Escribir la lectura”, Barthes comenta que, como el estudio de la literatura se ha enfocado siempre en el autor, el papel del lector en la experiencia de lectura ha sido desplazado, aunque este pudiese ofrecer un análisis más interesante y con más posibilidades.

Barthes dice que siempre que leemos no solamente realizamos la lectura del texto, sino que también llevamos a cabo una escritura a partir de él. Esta teoría sobre la lectura nunca había sido propuesta, precisamente porque la crítica literaria nace enfocada en el autor —por qué escribió su obra, qué quiso decir, en qué contexto escribe, etcétera—. Lo que se intenta plantear ahora es que el lector le da sentido al texto, que las palabras de un texto se reescriben cada vez que son leídas. Barthes es el primero en proponer que la lectura siempre supone una escritura, que ambas aparecen casi simultáneamente. Este proceso de lectura-escritura nace, sin embargo, en un momento específico del acto de leer: cuando el lector levanta la cabeza.

Barthes admite que levantar la cabeza es un gesto irrespetuoso porque, después de todo, marca una interrupción en la lectura; sin embargo, es también el momento en que el lector aterriza en todo lo que ha leído y reescribe el texto que ahora le pertenece también a él. De esta manera, el acto que parece ser irrespetuoso se convierte en la posibilidad de generar un nuevo texto a partir de uno que parecía sagrado. Sigue leyendo «La lectura es la posibilidad y la condición de la escritura»

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¿Es que hay una poesía que no fuera performática?

Las teorías de los actos del habla es una de las más notorias de las aportaciones de J. L. Austin, en su obra cómo hacer cosas con las palabras, nos muestra la idea de que el lenguaje no es solamente para describir el mundo, sino que, con él se realizan ciertas acciones y no solamente la del “decir algo”. La unidad primordial de la comunicación no son solo palabras o locuciones, sino, los actos del habla. Dicho esto, cuando utilizamos el lenguaje, podemos transmitir una información, por ejemplo, hoy es 11 de diciembre, podemos pedir algo: pásame la sal; podemos aconsejar: tienes que tener más cuidado; entre otras. En todos estos casos llevamos a cabo actos del habla, es decir, hacemos cosas con las palabras.

Austin plantea una distinción entre emisiones realizativas y constatativas. Las constatativas son aquellas que describen al mundo o un estado de las cosas, se pueden evaluar como verdaderas o falsas; las realizativas, llevan a cabo las acciones al ser emitidas, no son ni verdaderas ni falsas.  Con esto, Austin se deslinda de los filósofos y lingüistas que han supuesto que el papel de un “enunciado” sólo puede ser “describir” algún estado de cosas, o “enunciar algún hecho” con verdad o falsedad; de tal manera que defiende: “No todos los enunciados verdaderos o falsos son descriptivos”. Austin señalaba que, antes que describir o constatar la verdad o falsedad de los acontecimientos, la finalidad de los enunciados performativos es la de producir una transformación de lo que nos es dado o de crear una nueva condición de la realidad.

Al hablar de poesía performática, es preciso tener claro el concepto de performance y su vínculo con la poesía, donde se refiere a la puesta de la voz del poeta en la que pierde su estabilidad de palabra escrita, para llevarla a la acción desde la intensidad de la voz, el ritmo, las pausas, la entonación, el énfasis, entre otras experiencias sensoriales como la materialidad del lenguaje, a través de la repetición. Aquí se valida pensar en la poesía oral, en donde el lenguaje se encarna en la voz del creador del texto –en muchos casos–, esto lo vuelve performático ya que es único en la acción de espacio y tiempo. Entre lo que Austin destaca se halla el hecho de que los participantes en el juego del lenguaje estén de acuerdo en jugar, y que la persona que pronuncia un enunciado performativo tenga el poder de hacerlo. Sigue leyendo «¿Es que hay una poesía que no fuera performática?»

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Los pasos perdidos de Alejo Carpentier

Alejo Carpentier en su libro Los pasos perdidos, nos narra sobre un funcionario casado con una artista de teatro (Ruth) que viaja bastante, se ven poco y su relación no es muy satisfactoria. El protagonista tiene una ocupación secundaria, la cual es descubrir los orígenes de la música a través de los instrumentos. En los primeros 5 capítulos vemos desde revolución, ciudad en ruinas, un viaje río arriba en la espesa selva, una escritura musical entre otros temas.

Mi interés en leer esta novela es porque tiene diversas lecturas. Se plantea en ella un imaginario textual que se representa como signo literario. Me refieren, como lectora, a un mundo en el que no solo basta viajar físicamente, sino que, además, nos sumerge en el espacio-tiempo y mito, entendiendo como espacio Latinoamérica. Esta novela me llama la atención porque nos presenta a un personaje que muestra la deconstrucción de la identidad cultural del hombre americano. Es por ello que, mientras leo el texto, coincido lo que es textualidad con historia, así mismo, la lectura de la novela de Carpentier implica una actitud abierta a los enunciados.

Para Roland Barthes, todo texto es un espacio de dimensiones múltiples donde se encuentran y se interpelan escrituras variadas. Así, en su texto Escribir la lectura, Barthes intenta sistematizar el cuerpo en un movimiento de cabeza cuando leemos, es decir, una lectura irrespetuosa. Dice también, que la lectura crítica funciona como un  ente microscópico. Decidí leer a Carpentier por la importancia que tiene su escritura, donde encuentra en el lenguaje y en la propia literatura maniobras y contradicciones sobre el ser humano.

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Cinema Novo: Dios y el diablo en la tierra del sol

Una de las características del Cinema Novo es plasmar en el cine una realidad que nos sacuda por completo. A través de escenas, que nos enfrentan a la sociedad, tomamos conciencia de la reacción del hombre contra el hombre en medio de conflictos sociales en nuestro entorno, donde la identidad cultural es usada como enfrentamiento ante al poder político. Es por ello que este texto tratará sobre la película Dios y el diablo en la tierra del sol como un compromiso con la verdad más que con la vida, donde la solución a los problemas radica en la violencia, una violencia que no es gratuita, una violencia que nace del hambre de saber que existen jerarquías fijas y que pueden ser derrotadas a través de la revolución.

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Glauber Rocha en su texto Estética de la violencia nos dice: «La más auténtica manifestación cultural del hambre es la violencia»[1]  Es violento querer involucrarse con la realidad histórica del país, es violento comprometerse con la verdad. En general, el NCL y el Cinema Novo son de representación militante que nos muestra que el cine debe ser un instrumento de liberación y de acción contra la neocolonización política y cultural del continente.

En Dios y el diablo en la tierra del sol,  Rocha nos presenta a personas de Brasil que viven en un entorno nacional, partiendo con una toma ampliada de Sertão como un lugar ficticio, nos cuenta la historia de un pueblo en donde la creencia estaba llena de ideales que se creían posibles de alcanzar. Desde el inicio marca los espacios abiertos como referencia a que la tierra es del propio hombre. Presenta dos imágenes de animales en descomposición siendo acabados por moscas e inmediatamente nos pone en escena a un hombre con un gesto pensativo cómo queriendo saber dónde está y luego se pone de pie para irse en medio de una vasta tierra que se extiende poco a poco gracias a la cámara.

dios y el diablo

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Se fue

«Lorena páseme una camisa limpia, esa no, la de cuadros. Quiero irme decente. Sí, la blanca; la que me hiciste». Lorena me abrocha los botones del cuello y pasa sus manos sobre mis mangas para quitar las arrugas.

«Bueno, me voy. Ángel tráeme mi reloj y mis zapatos negros». Los ojos de mi hijo se hacen chiquitos con un brillo líquido en sus pupilas, camina desganado hacia el cuarto para traer mis cosas.

«Bueno me voy» repito. Lorena, mi mujer, voltea a verme, me mira fijamente con sus ojos tristes y truena los dedos de sus manos, se pone nerviosa sobando su amplio vientre, sale de la habitación.

«Bueno me voy» repito. Carla entra a la habitación y las lágrimas empiezan a humedecerle la cara; tiene los labios hinchados. «¿Por qué lloras pues mijita? Límpiate y ven a darme un beso que me voy, no perdamos el tiempo, llorarás cuando seas grande, ¿Entiendes? Dame un beso y un abrazo y ve, llama a Carlos que me voy». Carla sale despacito solloza mientras se acomoda el cerquillo de su frente. Escucho que le dice a Carlos que entre y lagrimeando dice «se va».

La puerta suena y entra Carlos sonriente, mirando al piso; de un impulso se echa sobre mí y empieza a llorar. Lo separo enseguida. «Mira mijito, los hombres no lloramos, ¿está bien?, límpiate esas lágrimas y dame la mano, aprieta fuerte, ¡eso es!». Carlitos me sonríe y con voz segura me dice que estará bien. Lo abrazo y lo dejo ir.

Lorena se sienta sobre el sofá, tiene las mejillas coloradas, los rayos de luz que entran por las claraboyas brillan en sus ojos; me da un beso. Se me aglutina algo en la garganta; escucho su respirar forzado pretendiendo no llorar. «Mira Lorena, eres lo mejor que me ha pasado, espero haber sido lo mejor para ti, al menos lo que quisiste que sea…» nos quedamos en silencio. Sigue leyendo «Se fue»

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Todavía no

A las cuatro de la mañana el silencio es triste en esta casa. Nelson, lleno de sudor, se levanta de golpe; minutos antes dormía inquieto sobre una cama roída por las mismas polillas que aletean alrededor de un foco blanquinoso; la cama rechina a cada movimiento con el que intenta espantar a los mosquitos; se pone de pie y descalzo pisa las tablas que están algo frías, da un brinco del estremecimiento y atraviesa el cuarto dirigiéndose a la cocina para beber un poco de agua. Se asoma a la ventana y respira hondamente el aire fresco de la madrugada; se lava el rostro y camina salpicando gotas de agua en el piso. Don Ernesto, su padre, un sujeto gordo, tosco y manco, se levanta y hace lo mismo. Nelson se sienta sobre la cama chillona y sacude su cabello con las manos. Su cuerpo delgado está lleno de picaduras de mosquitos, por lo que su padre se ríe burlonamente.

Nora no ha dormido durante toda la noche, el temor de estar un día más en esta casa no la dejado descansar. Los mira tímidamente desde su cama donde amaneció escribiendo; deja el cuaderno; casi débil se levanta y, de puntillas, va al baño. Yo ya me he preparado para mi quehacer diario, enciendo el fogón mientras que, con un trapo, ahuyento a los bichos. Nelson toma su libreta, como de costumbre, y empieza a escribir, enredado aún en sus sueños sin forma; parece algo inquieto; deja sus notas sobre la mesa, y se alista para salir. Me acerco curiosamente a leer lo que ha escrito: «Ustedes que leen aún pueden respirar; pero yo, estoy enredado entre sombras, esta noche será».

Nora sale a la sala con la falda que he planchado minuciosamente que, luego de sentarse, se arrugará y perderá su lisura, enciende un cigarrillo «señorita, vaya a humear fuera de la casa». Se sienta en la escalera respirando, difícilmente, el aire de las naranjas; el sol empieza a aparecer y los grillos dejan su cri cri escondiéndose entre las hojas. Don Ernesto no pide permiso y baja a golpes toscos por la escalera intentado no caerse; con su mano izquierda roza la espalda de Nora y se va entre las plantas de naranjas. Nora lo mira con desprecio y esconde su rostro entre sus piernas. Me siento en la escalera y respiro el aire femenino «Te has puesto el delantal al revés», lo acomodo.

A los pocos segundos Nelson baja la escalera tras de su padre y lo sigue entre las plantas de naranjas, ambos desaparecen en medio del día aún oscuro. Sigue leyendo «Todavía no»

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Aislamiento

Después de tartamudear por años, junto a sus padres y hermanos y de haber sido objeto de burlas en la ciudad, Crisóstomo se dispone, orgulloso, a hacerse un orador nato. En esta ciudad todos hablan como reyes, las casas están construidas para que las voces se escuchen con rigor y fuerza; las paredes tienen varias capas de madera que absorben y aíslan el sonido; no existen ventanas y los techos son inmensamente altos.

En los mercados se escuchan oradores de verdad, esos que hacen que te detengas y aplaudas. Cada puesto tiene un vendedor que convence con sus palabras. Crisóstomo se asombra porque no le parece normal que alguien sea orador en un espacio abierto; visto esto, se aleja de sus padres y se encierra en una casa en el campo. Empieza a comer hojas de menta para aclarar la voz y de vez en cuando hace gárgaras con hojas del aire para limpiar su garganta. Ahora, ya lleva muchos años practicando la destreza de la oratoria y la forma de combatir la humedad de sus paredes y suelo. Sigue leyendo «Aislamiento»